domingo, 28 de agosto de 2016

Entre palomas y serpientes

Tácticas femeninas: las pañoletas.

Abrir el cajón, el último, sí el último de los cuatro. Todas las pañoletas dobladas y listas para la danza.  Pero no estoy sola en el baile, dos niñas me siguen, también dos continentes y unos animales que intentan devorarme.
La danza es sencilla: vestirnos y jugar con nuestros cuerpos. Salir con las cabezas en alto e intentar elevarnos hasta el cielo. Envolvernos en colores que revelan nuestra humanidad, nuestra carne, nuestros instintos salvajes. Mostrar, cubrir, desnudar: cachorros felinos entregados al rito.

Las pañoletas brindaban historias de domingo, dos o tres para crear una nueva piel y otros universos. La antigua Grecia estaba cerca, siglos de historia que moldeaban nuestros cuerpos. La tela caía y un par de nudos terminaban los trajes. Japón también nos acompañaba con sus siluetas amplias y tonos metalizados. Los tafetanes de seda rígidos adquirían dimensiones geométricas, tecnología convertida en fuerza y movimiento. Sin cortes ni costuras,  erguíamos nuestras espaldas y nos recogíamos el pelo: Helenas de Troya saltando en tierras andinas.

La sala de mi casa era una caja de vidrio, una pecera rectangular donde países remotos latían en las esquinas. Lográbamos elevar nuestras fuerzas sin vientos que las apagaras. Los nudos en nuestros trajes eran una energía monstruosa y seductora que nos hacía volar, bordear como plumas las costas de otros continentes. Encontrábamos  corrientes  que nos guiaban, pero temíamos que el viento nos apagara, así que preferíamos respirar la tierra, saborear los Andes y quedarnos en la pecera: raíces entrelazadas a la tierra.


Solo me interesa limpiar mi jardín.


Madame Gres venía a visitarnos. Se sentaba en el sofá marrón de mi sala —satisfecha con el olor maderoso que conserva el cuero— y observaba la pecera vacía esperando poder quebrar el cristal. Con turbante y frente amplia, sonrisa de mujer antigua y los cuatro anillos que cargaba en cada una de sus manos, contemplaba las montañas bogotanas. Al vernos con nuestros trajes esbozaba su sonrisa eterna, observaba los cuerpos esculpidos y los comparaba con un primer boceto que desembocaría en uno de sus delirantes vestidos.
C´est bien ma petite Helena, maintenant attention au plissage.
Una paloma me traía el mensaje.  Con la frase en las manos yo dejaba la jaula de vidrio para estar al lado de Gres y entonces buscaba la perfección y desarrollaba técnicas y entendía que no podíamos cambiar de traje cada cinco minutos y… Pero la fuerza del vuelo no era suficiente. Me quedaba feliz con mi reflejo, mirando el traje que me diferenciaba de esas dos chiquillas que me seguían, el vestido que me hacía reina, sintiéndome dueña de la pecera, el sofá, las montañas y seguramente también de ellas.

Así que Gres enfurecía, quería la perfección, cortes, plisados y caídas, al igual que sus vestidos trenzados. Me gritaba que el vestido no debía ser solo para mí, sino para el mundo, debía permanecer intacto durante los siglos. Pero no quise escucharla.

Palpábamos el algodón de azúcar que se derretía en la boca. Satisfacción plena. Volábamos en la tierra, palomas mojadas que mantenían su calor. ¿Por qué nos quedábamos fisgoneando el suelo? ¿Por qué si podíamos alzar el vuelo? Las raíces invisibles que ataban nos jalaban, víboras venenosas que se excitaban con su contoneo y el sonido de su cascabel.


¿En qué momento nos volvemos otras? En ocaciones sigo sintiéndome la misma.



Las pañoletas de la madre eran selvas coloridas o composiciones pasteles casi ideadas por Monet. Había largas y pequeñas, angostas y rectangulares. Buscábamos las más grandes para hacer así el juego más excitante. Las sedas suaves, muselinas traslúcidas, eran las armas de combate: dos cuadrados de metro y medio que permitían una envoltura total. La caída era mi placer y el espacio entre el cuerpo y la tela mi satisfacción. El olor a Chanel N5, jazmín y sándalo envejecido, venía a vestirme para mostrar la fémina y cubrir la niña. Las otras dos chicuelas ni me interesaban, que resolvieran sus vestidos con las migajas que yo había dejado. Mala, niña mala por no compartir tus placeres. Mala, niña mala por verlas sufrir y tú disfrutando la diferencia.

Issey Miyake también nos visitaba. Se sentaba en el zafu de mi madre, su cojín para meditar, sonrisa y mirada al infinito. Intentaba enseñarnos las técnicas del plisado, la importancia en la modificaciones textiles, pero nosotras seguíamos en el juego, entre palomas y víboras que volaban por el suelo. Miyake se tapaba la cara, movía la cabeza, se ponía de espaldas. Cerraba sus ojos como si meditara o también se quedaba mirando las montañas. Por su mente pasaban los Pleats que le dieron tanta fama, su amor por el color y las estructuras que se adaptan al cuerpo. El futuro en una tela, la mujer contemporánea y dinámica retratada en el poliéster modificado a altas temperaturas que se amolda sin perder nunca su forma. Su mujer atemporal que contempla el mañana. Movimiento nos decía, movimiento casi con susurros. 

La perfección se trabaja, no se consigue por instantes. 

Rechercher la vérité. Cherchez l'emblème de l’éternité, gritaba Gres, la búsqueda de la verdad, el emblema de la eternidad pero tú, maligna felina, preferías mirar tu cuerpecillo, satisfacerte mínimamente antes que dar tu tiempo. Creías poder volar deslizandote fugazmente por el suelo. Sin embargo, las palomas te picoteaban agujereando tu pecho y las víboras te jalaban. El juego acababa pero querías repetirlo, volar alto para arrastrare más rápido, consumida por aves y reptiles, devorada por tu propia creación.


Hoy soy la tercera que va detrás de la reina autocoronada. Sigo a mi niña e intento romper la pecera para que Gres y Miyake se queden un poco más a mi lado.

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