lunes, 16 de octubre de 2017

Entre caídas y movimiento

Tácticas femeninas: El pantalon de cuero

Creo que fue uno de los días más felices de mi vida. En realidad, todos lo estábamos. Era el momento esperado: el almuerzo de grado. Los recuerdos pasan volando y solo veo sonrisas, todos arreglados con sastres, corbatas y vestidos, pero con un aura hippie aun impresa, y nosotras tres con unas faldas rotondas gigantes de colores satinados con capas de tul por debajo. Divinas. Me alisé el pelo, me maquillé un poco, me puse una blusa negra y un saco del mismo tono, medias negras cortadas hasta las pantorrillas y unos zapatos tipo baletas blancos. La falda era rosada con tonos tornasolados. Bella, bella. Pero antes del almuerzo, la directora del colegio, uno de los más alternativos de Bogotá, habló con nosotros, nos recordó que debíamos llevar la esencia juanramoniana, el pudor en el vestir, la decencia en la ropa. No podíamos vivir de las apariencias, nos dijo. El mensaje no iba para todos, iba solo para nosotras que resaltábamos casi como subrayadas por un color neón. Sin embargo, ella usaba unos pantalones de cuero, con seguridad comprados en Argentina, cuatro o cinco veces más caros que las tres faldas juntas: la contradicción en los discursos.

Colección Naska. París, 2012
La primera modelo con cuerpo de cobra virginal aparece cubierta de cuerina blanca, un vestido sesgado que muestra únicamente la piel de sus brazos y cuello. Tiene poco rojo, solo la sangre que corre y el labial en su boca. La segunda exhibe un vestido del mismo tono insignia de Margiela, que también es el de Rick Owens. Ahora negro: un vestido enterizo que dificulta el movimiento. Las bolsas plásticas envuelven a esas modelos alienigenas. Gris, blanco y negro, y algo de colores tierra. Cuero que conserva su propia temperatura: caliente por dentro, fresco por fuera.

Durante más de un año practiqué danza contemporánea. Probé por primera vez en Cuba y en una que otra clase de los sábados en la academia de ballet clásico Lina Tosin. En Danza Común, en cambio, las clases eran cuatro veces más baratas y quedaba al lado de mi casa. Media hora antes, me ponía unos leggins negros, una camisa de tiritas y un saco manga larga, todo de tejido de punto. Me peinaba con una cebolla a medio hacer, literal recién levantada y unos tenis.

Las clases eran los sábados a las 10 a.m. Bajar por la calle 22, cruzar la séptima, llegar a la novena y encontrar el edificio de parqueaderos de ladrillo. Subir por las escaleras ya que el ascensor nunca funciona, mejor, así el calentamiento empezaba desde antes, cada uno llegaba e iba buscando su lugar en el piso. La clase daba inicio y Juan, el profesor con carita de argentino, indicaba cada uno de los movimientos. Estiramiento de piernas, pies y dedos. Después hombros, brazos, manos y cuello. Cabeza para un lado, cabeza para el otro. Mariposa con las piernas y dejar caer la espalda. Inhalar, exhalar, inhalar y encontrarme a Monserrate que se asomaba por los ventanales, mientras los brazos se abren y agradecen. 

Otra tanda de ejercicios en el piso, un, dos tres bah, un dos, tres bah. Pierna que sube, baja, entra y cruza. Cuerpo que gira, brazo que cae, arrodillarse, una leve levantada y bah, desplomarse de vuelta. Entrar al piso, continuar el movimiento, poner la cabeza como eje para el giro, sacar el brazo derecho, apoyarse sobre los hombros, mandar con fuerza la cadera y las piernas, pasar el brazo izquierdo, subir para quedar de rodillas y volver a caer. Seguir al profesor, la retentiva visual que se combina con lo que el cuerpo cree conveniente. De forma inexplicable, sin embargo, hay armonía entre todos nosotros. La veo en el espejo y siento que vuelo.

Colección Vicious. París, 2014.
Cuero corto, cuero largo. Negro, gris, kaki y blanco. Las telas se envuelven, entran y salen en cuarenta cuerpos voluptuosos que bailan al ritmo de las porras y la dirección militar. París respira la cultura estadounidense y la energía africana. Mujerotas convertidas en modelos mientras Michele Lamy sonríe con sus dientes de acero. 

Un ejercicio nuevo: sentarnos formando un circulo, entonces aparece el espacio vacío donde habitará el movimiento. Van pasando al centro, de a dos en dos. Cada uno va corriendo por lados contrarios bordeando la figura que formamos quiénes estamos sentados. Cuando el profesor lo indica, dos deben ir al centro, tomarse de la mano girar, caer, volver a levantarse y seguir corriendo cada uno por su lado. Rápido, una mezcla de fuerzas, átomos girando. 

Es mi turno, no recuerdo el nombre de mi compañero pero me entrego. Corro rápido, más rápido, la aceleración de la existencia, el silbido, los dos cuerpos que buscan el centro, la union, el choque entre las manos, girar sostenidos, la caída al piso y la subida. Respirar y seguir corriendo, motor que activa toda la espina dorsal, corrientazo que nutre hasta la parte más lejana de mí. Sentir que floto, que vuelo, que solo es el ahora. Final y aplausos: el limite. 

Después la entrega total, pero yo ya lo hice, no puedo ir más allá de mí, encontrarme con ese otro que ya no quiero ver, un cuerpo sudado que no me pertenece. Yo no sudo, no me gusta fingir la entrega y ver tantos pies deformes me molesta. Respiro y lo intento para encontrar un sabor que me agrade: espalda con espalda, cabeza debajo de la axila. Ahora ella me agarra y yo giro, cae al piso y yo también, está sobre mi moviendose y me veo obligada a pasar mi cabeza por debajo de su cola, me levanto y ella se tira sobre mi espalda. Me resisto y ella lo siente. Me quedo sentada y ella me mira fijamente, también se sienta y miramos las otras parejas volar como pájaros que se acercan entre ellos. Mi compañera se para, se acerca a la masa y la reciben. Miro la improvisación desde afuera tratando de respirar rápido porque hay un olor a cuerpo que me marea. 

Colección Cyclops. Paris 2016.
La fortaleza femenina expuesta en pasarela. Negro, gris, blanco y algo de tierra. Siluetas distorsionadas y ¡oh! una modelo atada por medio de tiras de cuero a otra. Sí, unas por detrás, otras por delante, la que camina sostiene todo el peso y la que no, de cabeza, seguro cierra los ojos para no vomitar. ¿Por qué? Porque Rick Owens está hablando de la moda desde una forma física, desde el poder de controlar y distorsionar el cuerpo, transformar por completo la silueta. El juego y la experimentación.

Dejé de ir un sábado, el siguiente, al tercero ya te das cuenta que no vas a volver, que hasta ahí llegaste. Sin embargo, sigo bailando sola en mi casa y a veces Demian me mira y pienso en la transgresión de Isadora Duncan, sus vestidos inspirados en la Antigua Grecia, pies descalzos, cabello al aire.  La cinta roja de chifón que recorría su cuerpo y al final quebró su cuello. O en Pina Bausch con (su mirada melancólica) su cuerpo al borde de un abismo, sus huesos evidentes que se tambalean, la vida en cada suspiro que anticipa la caída. Porque con Pina todo cae, se sostiene y vuelve a caer: sillas, cuerpos, estaciones, la vida como un lugar común, pero es eso, la vida. Entonces la frase de Martha Graham aparece: una fuerza vital, una energía, una aceleración, que se traduce a través de ustedes en acción, y porque sólo hay uno de ustedes en todos los tiempos, esta expresión es única

Sí, tal vez soy una bailarina fracasada, aunque no me costaría nada volver, pero  es como si algo en mí se contuviera. Sé que volvería a lo clásico a pelear por mi tutú, volvería a lo contemporáneo para sentir la tensión en cada caía. Volvería para tomar aire, contenerlo y cuando no pueda más, seguir aguantando para que mis células consuman todo de sí, y ahí sí volver a aspirar.

Por ahora, cuando camino por el Parque de la Independencia, veo todo tipo de volúmenes: camisetas de colores fuertes que forran las curvas femeninas y pienso en los pantalones de cuero, en Owens, en esa piel que protege a los músculos en movimiento. Pienso en ponerme unos pantalones de cuero negros super cómodos y una falda magenta de tul asimétrica, corta al lado derecho, larga al lado izquierdo y volver a bailar.

Miedo de ser

sábado, 24 de junio de 2017

Entre los saltos y la perfección

Tácticas femeninas: El tutu

Creo que fue uno de los días más felices de mi vida. En realidad, todos lo estábamos. Era el momento esperado: el almuerzo de grado. Los recuerdos pasan volando y solo veo sonrisas, todos arreglados con sastres, corbatas y vestidos, pero con un aura hippie aun impresa, y nosotras tres con unas faldas rotondas gigantes de colores satinados con capas de tul por debajo. Divinas. Me alisé el pelo, me maquillé un poco, me puse una blusa negra y un saco del mismo tono, medias negras cortadas hasta las pantorrillas y unos zapatos tipo baletas blancos. La falda era rosada con tonos tornasolados. Bella, bella. Pero antes del almuerzo, la directora del colegio, uno de los más alternativos de Bogotá, habló con nosotros, nos recordó que debíamos llevar la esencia juanramoniana, el pudor en el vestir, la decencia en la ropa. No podíamos vivir de las apariencia, nos dijo. El mensaje no iba para todos, iba solo para nosotras que resaltábamos casi como subrayadas por un color neón. Sin embargo, ella usaba unos pantalones de cuero, con seguridad comprados en Argentina, cuatro o cinco veces más caros que las tres faldas juntas: la contradicción en los discursos.

Londres, spring-summer 2015
Molly Goddard lanza su primera colección en una fiesta de casa donde algunas chiquillas vestidas de muñecas podrían dispararte hasta con sus propios juguetes. Una lleva un vestido negro, es bizca y tiene el pelo hasta la quijada. Otra con un vestido de tul, ríe y me saca la lengua, tiene dos tragos en vasos de piñata fluorescente con un liquido naranja: vodka disfrazado. Otra chica toda de rosa, una más con un vestido rojo sangre a la cual se le ven los calzones. Tul, tul, tul como si comiera algodón de azúcar. Un vestido amarillo sobre una pinta metalera: camiseta estampada y pantalón negro. Más refresco naranja, más tul, más princesas suburbanas que viven de fiesta, modelos-chicas-contemporaneas que bailar entre todos aquellos que no llevamos vestidos, ni tul y menos faldas al estilo tutú.

Hay momentos donde empiezas a traducir tu propio lenguaje
… 

Practiqué ballet durante más de diez años y nunca me presenté con el tutú clásico: francés o ingles, esa falda alambrada que mostrara las piernas. Tal vez por eso intenté agarrame de mi falda rotonda del almuerzo de grado, porque aún hoy lo deseo. Me quedé siendo una bailarina adolescente, presentándome con tutús románticos abultados más abajo de la rodilla. Me faltó un año o dos, seguir practicando para entrar a la compañía, presentarme en Ballet al Parque, bailar en el teatro del Che en La Habana y no quedarme como espectadora. Pero el tutú es una imagen que se desea, sin pensar en el esfuerzo que demanda tenerlo. 

Tres veces por semana la ruta 19 del colegio me dejaba al rededor de las 4 de la tarde en la academia para la clase de las 5:30 p.m. Con otras niñas pasaba lo mismo, así que nos sentábamos en la alfombra turquesa y nos íbamos alistando. Entrar al baño, ponerse las medias color carne o negras, yo casi siempre llevaba negras, la trusa y la falda negra. Salir al tapete y empezar a peinarse: cepillo, peinilla, gel, cauchos y ganchitos. Después la cebolla, las redecillas y para finalizar unas florecitas azules que vendía Conchita, la secretaria. Hablar y esperar. Si era viernes, día de puntas, había que ponerse los esparadrapos y echarle talco a los conejitos. Yo prefería proteger dedo por dedo para evitar ampollas y uñas negras. En cuestión de conejitos estaban los nacionales de una espuma asquerosa y los azules de silicona que se comparaban en USA, y yo, claramente, ni los unos ni los otros, usaba unos conejitos color rosa sintéticos, que no tengo idea donde los conseguí. Para finalizar, ponerse las puntas Capezio que costaban en ese tiempo al rededor de 170.000 pesos o las Sansha, mucho mejores, compradas en la Escuela de Ballet Nacional de Cuba por unos 15 dólares. Enrollar las cintas, hacer el nudo, esconderlo y calentar los empeines mientras esperábamos.

Londres, fall-winter 2015
El centro del escenario esta iluminado y hay un viejo gordo desnudo, se llama George y esta posando para varias jovencitas que lo retratan. En realidad son modelos, una de ellas lleva un vestido color pastel, medias rojas y dibuja desde el caballete, otra tiene un vestido de tul gris rata: fruncidos que aumentan su tamaño y un buzo negro manga larga debajo, pinta en una bitacora. La del vestido rosa, esa prenda que empieza a cimentar los iconos de la marca de Molly Goddard, dibuja sobre una cartulina negra con tiza blanca. Vuelvo a sentir el algodón de azúcar en mi boca. Vestido negro de tul: el tutú del siglo XXI. Ellas solo buscan su esencia en una perfección onírica que se aleja de lo clásico. ¿Vestido encima de una t-shirt estampada? Oh sí. Más tul, más negro, más rosa mientras George sonríe.

Uno, dos, tres, cuatro. La música clásica comienza y todas realizamos los ejercicios previamente indicados. Cinco, seis, siete, ocho. Siempre hasta ocho. Y vuelve y comienza. Los pies en quinta posición, chassé uno, releve dos, entrechat tres, chassé cuatro, y cinco fouette. Rápido, rápido, sin tocar la pierna izquierda. Liana pasa y corrige la poción de mi mano derecha y toca levemente mi quijada para que gire mi cara. Tengo la costumbre de mirar al frente para ver mi cuerpo en movimiento. Uno, pas de basque, dos plie, tres chassé, cuatro pirouette, caer. No, caer no, una bailarina no cae nunca. Deslizar a quinta posición y sostener. La canción termina, aflojamos, Liana marca el siguiente ejercicio, la observamos y de vuelta. La música clásica nos  marca la posición de inicio y va: uno, dos, tres, cuatro. Cinco, seis, siete, ocho. No, arabesque no, sufro por mi falta de elasticidad y porque veo que mi pierna no puede subir más. Después de una hora y media con las barras las quitamos y empezamos a hacer los ejercicios de centro, nos dividimos en dos grupos. No debemos hablar, ni tomar agua, ni sentarnos desguarambiladas mientras el otro grupo se presenta. Saltos sobre todo, altos, más altos. Levedad Ángela, levedad. Aunque hay más de veinte niñas, todas perfectas, esas tres horas son mi momento, mi cuerpo, mi reflejo, te esfuerzas, trabajas y bailas  para ti. No, bailas para el público aunque te estés muriendo del dolor, sin embargo en tu cara y en la posición de las manos siempre debe haber un para ustedes.

Londres, spring-summer 2016
El pelo mojado y el maquillaje corrido. ¿Es un desfile? Sí, ¿y por qué están preparando sandwiches? Porque se les dio la gana. Mejor: porque están recreando una fabrica, la vida cotidiana que se mezcla con los algodones en mi boca. Los clásicos de la marca Molly Goddard sobre camisetas blancas, vestidos sueltos que no entallan ni marcan, cuadros estampados en una de las modelos que corta los tomates, fruncidos y recogidos para otra que esparce la mayonesa y la silueta abultada de niña-princesa-mujer-rebelde movediza para el resto junto con el rímel combinado con lagrimas y el colorete corrido por algún beso robado. No más Ángela, escupe ese dulce de tu boca y dilo: mujeres ajenas que no alcanzo.

Las presentaciones se realizaban al final de cada año. Cuatro o cinco meses de prácticas que se consumían en 20 minutos. Llegué a presentarme más de cinco veces con la academia Tosin y nunca con un tutú alambrado, siempre con el romántico impuesto por Marie Taglioni de estilo etéreo tan aclamado a finales del siglo XVIII. Desde la corte de Catalina de Medici, cuando surgió esta danza real, los bailarines llevaban la misma vestimenta que los invitados. Taglioni creó un traje exclusivo para el ballet, fue capaz de intervenir la estructura del vestido con el fin de evidenciar la proeza de los movimientos. Ella fue la primera en salir con una enagua que llegaba hasta las pantorrillas acompañada de un corsé, revolucionando una estética. Nunca pensé en ella, los nervios solo me dejaban preguntarme cuándo llegaría a usar el tutú clásico, cuándo me liberaría del romántico.  Yo  observaba a las bailarinas de la compañía con la falda a la francesa, recta y alambrada que dejaba al descubierto la perfección de los movimientos de sus piernas, y de sus pies que cambiaban de posición para mostrar que en verdad volaban.  En fin, pasé doce años de práctica además de  quince días en Cuba durante los cuales fui  una bailarina de tiempo completo. Pero un día me cansé, dejé de asistir inventando excusas y de repente ya no iba más a las clases, los bailes pasaron a ser otros y me quedé con la idea idealizada del pinche tutú que, hasta ahora me entero, no es tan clásico como parece porque tiene tan solo 60 años mientras que el romántico más de dos siglos.

Y a veces voy camino por el Parque de la Independencia y veo a la gente comiendo algodón de azúcar y pienso en mi tutú, en Molly, en saltar sobre una nube rosada. Pienso en ponerme unos pantalones de cuero negros super cómodos y una falda magenta de tul asimétrica, corta al lado derecho, larga al lado izquierdo y volver a bailar.

Algo que levante mi espíritu 

domingo, 19 de febrero de 2017

Violencia doble-faz


Tácticas femeninas: Bomper Jacket

A veces siento que entre dos que se rompen la cara a trompadas hay mucho más entendimiento que entre los que están ahí mirando desde afuera. 
Julio Cortázar

10 p.m. Abren la puerta de mi cuarto, mis hermanos entran sin prender la luz y cada uno me da un beso en la mejilla. Salen y cierran.

11. p.m. Vértigo Campoelías es el lugar de encuentro de esta noche. También van a TVG y después a Cámara de Gas, un recorrido completo por los bares alternativos de Chapinero. La mayoría son hombres, casi todos con pantalones entubados y remangados, algunos afortunados con Doctor Martens negras o vinotinto, el resto con botas grulla o estilo militar compradas en la Primera de Mayo. Cadenas y bomper jackets azules. Casi todas las cabezas están rapadas.

Yo, era una llorona para ellos, debía tener unos cinco o seis años cuando me aprendí el nombre de su subcultura, SHARP: Skinhead Against Racial Prejudice. Y no solo sabía su significado, llegaba a ademas a predicarlo con orgullo, porque conocía su estética y su música: skinhead ska, algo de punk y Oi! Pero ignoraba el fondo.

1 a.m. Van caminando por la carrera 13. Hoy, Disolución Mortal tocará en una casa en Bosa. Todos beben cervezas y hay una bolsa de papel que va pasando de mano en mano junto a una latica de leche condensada. Brandy Domeco para calentar la noche.

2 a.m. Pogo, patadas y luego pelea. Botella en la cara y nariz reventada. El resto del parche se alista para el bonche y una de las chicas con la mitad de la cabeza rapada, minifalda de cuero y medias de malla se cuelga en la espalda del agresor, le tapa la cara con las manos y lanza un grito de guerra. Todos los del grupo se voltean sus chaquetas MA-1 de ALPHA INDUSTRIES compradas en algún almacén de segunda para mostrar el lado naranja y saber quién está con quién.

No, yo nunca he usado una MA-1, pero sí que la deseé sin saber nada de su historia. Cuando acompañaba a mis hermanos a buscar sus prendas de combate en almacenes militares por Galerías, yo solo deseaba encontrar una bomber de mi talla. Me probaba las de ellos que me quedaban volando, pero el delirio por el color azul oscuro era más fuerte y llegaba con una sensación de protección.

3 p.m. En plena acera todos descansan, fuman y ríen de su noche, por su violencia contenida y estallada: adrenalina que se produce en cada uno de los golpes. Sus bombers hablan de guerra, de una herencia militar que quedó grabada, pero el nylon ya no protege de las temperaturas bajo cero y el naranja no ayuda a la visibilidad del rescate.

4 p.m. Mis hermanos vuelven a casa, por suerte el golpe en la nariz podrá disimularse y la sangre se quedará en la ducha. Unas cuantas gotas en la camiseta pasarán desapercibidas. Se alistan para dormir tranquilos con la adrenalina aún recorriendo su espina dorsal.

7 a.m. Estoy en el corredor sin poder entrar a sus cuartos, me quedo mirando las puertas y me siento diminuta, entre mis vestidos de organza, bordados y encajes de los que me agarro para no caerme. Uno de ellos me abre la puerta y entro al cuarto azul. Me pongo la chaqueta gigante y me siento en el piso pero recostada en la cama, prendo la tele buscando las Guerreras Mágicas y mi hermano dormirá un poco más.

Tengo las puertas cerradas en mi memoria y el deseo de querer abrirlas. También, la visión de los dos cuartos desde el corredor: uno era un cuarto azul con postales pegadas en la pared y dibujos expresionistas, el otro, tenía las paredes rojas lleno imágenes subversivas con cinta transparente en las esquinas, muchas fotos de encapuchados y rebeldes, casi todas en blanco y negro.

Casi siempre hay un dolor escondido


Chitose Abe en un ring de boxeo mientras Hugo Ferdinand, elegante, esconde la violencia que corre por sus venas. La diseñadora de Sacai, la marca japonesa, elige el traje perfecto: el trench coat verde militar con blonda azul mediterráneo en mangas y costados. Será guerrera y fémina al mismo tiempo. En cambio, Hugo Boss intenta encontrar algún escuadrón de protección, todos esos hombres uniformados que vistió en los años 40, pero como ésta solo en ring, piensa en usar el traje  de guerra tradicional alemán: camisa blanca, chaqueta hasta la media pierna, pantalón entubado en los gemelos pero abombados en los muslos, botas de cuero, guantes y correa del mismo material. Todo negro menos la camisa y la banda roja en el brazo izquierdo que lleva la esvástica con orgullo. Ferdinand aprovecha la transformación de su marca para olvidar que esclavizó a 180  trabajadores judíos en sus fábricas. Elige para esta ocasión un traje masculino contemporáneo: camisa blanca, sastre gris, corbata negra y gabardina color mostaza para terminar el look.

Abe con sus facciones un tanto coreanas y Boss con su bigote enrollado. Se miran y suena la campana.

Dudar por un segundo y querer volver al pálpito inicial

Mi historia se congela en la memoria y mis hermanos guardaran los recuerdos de su juventud como flashes. Los 90 pasaron dejando su estética latente mientras la estilista Lotta Volkova anuncia que las subculturas han muerto y el remix es la característica que nos marca. Pero la violencia aún estremece las calles bogotanas.

La 13, la treinta o las noches de Kennedy donde se vive con furia la nueva ola de skinhead colombiana siguen aquellos parámetros de los 90 colombianos y los 80 europeos. Esos chicos  bien criollos saben muy bien que los chicos trendy, también criollos, han usurpado los iconos de su subcultura y quieren venganza. Así que, si una noche andas con tu imitación MA-1 comprada Bershka o en Forever 21, y ves a un calvo con la chaqueta voleada viniendo hacia ti para atacarte, o corres o peleas.

Abe entiende por completo este siglo: la mezcla de siluetas en una misma prenda, el remix de texturas contradictorias, una mujer que interviene los iconos y los reinventa, la capacidad de crear a partir de la reconstrucción. En cambio Boss se quedó en el pasado, en el horror, en la violencia y en la guerra, así que no es nadie, solo una marca con más de seis mil tiendas en todo el mundo. Chitose Abe porta los Nike que le darán velocidad y frescura, y con rapidez envuelve a Boss en unas telas sintéticas de colores flourecentes y comienza a jalar los extremos de las telas. Has robado mis íconos, grita el señor Ferdinand. Abe sonríe y sigue apretando. Bienvenido al siglo XXI, le dice ella, donde nada es rojo o negro, naranja o azul. Y sigue jalando.

No podemos esconder lo que en realidad somos

Y si decidiste pelear por tu imitación MA-1 puedes alistar los nudillos u ofrecerle un cigarro a ese skinhead que quiere atacarte mientras le cuentas que la bomber hace parte de la mezcla del siglo XXI, que Marilyn Monroe usó una MA-1 cuando fue a visitar  los campos de entrenamiento estadounidenses durante la guerra de Vietnam. O que Steve McQueen  inmortalizó el modelo en la película The Hunter en los 80. También que Gaultier la impuso en las pasarelas parisinas desde 1988. O le tiras alguna dato curioso como que primero el cuello era de piel, pero el cuello tejido permitió el doble faz. Y si no funciona, no hay que olvidar que en los 90, malandros de la Perseverancia robaban a los calvos porque deseaban sus chaquetas originales.


15 años después, los cuartos de colores de mi infancia son blancos. Uno de mis hermanos sigue usando la MA-1 y el otro tiene su traje Boss azul oscuro entre el armario. Y yo —suspiro— deseo con locura alguna de las prendas de Sacai: una de esas que son todas a la vez, el trench militar con blonda azul, o uno de esos vestidos asimétricos con plisados en la espalda o, cualquiera que demuestre que el remix que hace parte de mí.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Teticas de gitana

Tácticas femeninas: las tetas

“José Arcadio y la muchacha no presenciaron la decapitación. Fueron a la carpa de ella, donde se besaron con una ansiedad desesperada mientras se iban quitando la ropa. La gitana se deshizo de sus corpiños superpuestos, de sus numerosos pollerines de encaje almidonado, de su inútil corsé alambrado, de su carga de abalorios, y quedó prácticamente convertida en nada.”

Fui plana como la gitana o aún lo soy comparada con muchas, además cargo con la historia familiar: mi mamá fue plana, mi abuela también y seguramente mi hija lo será. Existió un  momento BOOM cuando mis tetas se hincaron —no con aire sino con carne— y quedaron perfectas. Pelotudos mirándolas como si nada. Sigo sin entender cómo las mujeres con curvas marcadas aumentan su coqueteo para ellos. Sí claro, no voy a negar que lo he hecho, pero soy mala para la caída directa, me gusta a distancia.

En fin, las tuve grandes y redondas, pero después  las rechacé. Ahora las quiero, aunque no tanto, pediría un poquito más, pero que no quede toda apretada. Una gota para el bikini azul rey, y otra más para el brallette o el body tan hermoso que me compré en París. Son pequeñas y, a veces, solo a veces, se sienten como nada.

¿Operarlas? Mmm, no sé.

¿Para quién estas construyendo tu vida?

“Era una ranita lánguida, de senos incipientes y piernas tan delgadas que no le ganaban en diámetro a los brazos de José Arcadio, pero tenía una decisión y un calor que compensaban su fragilidad.”

—¿Amor?
—Mmm
—¿Tengo tetitas incipientes?
—¿Qué?
—¿Qué si parezco una ranita lánguida de senos incipientes?
—Ay Ángela, duerme mejor.

Cerré el libro, me las toqué para verificar su tamañano y no, no son esas mogollas abrumadoras que deben producir tanto placer. BOOM: agarrar algo con fuerza.

Viktor & Rolf metidos en mi cama. Viktor cose volados, un tul rosado que envuelve mi teta derecha y Rolf cose botones en mi teta izquierda.  Alcanzo a ver el piso de mi cuarto lleno de materiales,  como un taller de confecciones: retazos de telas, tijeras, agujas, hilos, papeles y bocetos. Mi cuerpo  va aumentando su tamaño, curvas por doquier, sigo creciendo. Una sala de operaciones, un cuerpo perfecto, ganar más espacio en el mundo. Ahora Rolf  cose moños sobre los volados y Viktor sigue con el tul.

Ellos trabajan en silencio y mientras cosen es como si me contaran sus historias: el desfile de 1999 donde una sola modelo resistió16 prendas encima de ella. Una de sus últimas presentaciones inspiradas en el cubismo u otra en la que los vestidos se volvieron cuadros. Mientras avanzan, me voy sintiendo una pin-up y me empiezo a preparar sociológicamente para exhibir mis nuevas tetas. Tendré que comprar brasieres, camisas y camisetas, y de seguro otra chaqueta de cuero. Ya no soy la gitanita sin nombre, ya no necesitaré usar los pollerines. ¿Me va a doler la espalda? ¿Quedarán frías?, como dicen. ¿Y todos esos pelotudos mirándolas? ¿Saltarán mucho al correr? Oh por Dios, empiezo a desear mis senos incipientes.  Temo que Viktor o Rolf decidan utilizar la motosierra.

Cuando volteo hacia el otro lado, Margiela está junto a mí. No lo veo pero reconozco su francés con acento belga y el olor a pintura. Los ¿casi? gemelos holandeses desaparecen y Martin corta todos los botones, rompe los moños, deshilacha los tules. Seré la gitana de vuelta, aunque no la entiendo,  ¿de qué época es?,  ¿de dónde sacó tantos pollerines tipo María Antonieta?, además, ¿Macondo no es caliente? Margiela no me cuenta sus historias así que yo tengo que seguir con las mías. Él se ocupa de recuperarme  esparciéndome pintura blanca por todo mi torso. Su firma que refresca. 
Me preocupo: mis teticas eran incipientes pero eran. Margiela sería capaz de dejarme dos agujeros negros sobre un torso color piel. 

¿Seguiré siendo mujer?
Hay varias voces en mi cabeza y me gusta enredarlas.

“Y quedó prácticamente convertida en nada.”

Me levanto, me baño, voy a mi armario, abro el segundo cajón: la línea de brasieres organizados. Recuerdo la vez que dejé de ponérmelos por unos meses para ocultar mis tetas por completo, o cuando  tenía 13 años y los usaba grandes para aumentar el tamaño. Ahora son de la talla correcta, creo que es una buena señal. Negros o azul petróleo: mis favoritos, encajados para algunas ocasiones y solo uno blanco que permanece en el fondo. Toco el rosa con encaje gris, lo elijo para hoy y BOOM, vuelve el dúo holandés con sus capas y capas  voluminosas, figuras que van in crescendo, una bomba a punto de estallar cuando se cruza el verso de Blanca Varela: convertir lo interior en exterior sin usar el cuchillo. ¡Ahg! qué palpito tienes Varela, sos punky. 

¡El brasiere encima de la camiseta!, pienso.

Vicktor & Rolf combinado con Madonna en pleno concierto en los 80 que muestra su corsé de conos puntiagudos diseñado por Gaultier. Los pezones de la reina del pop apuntan  violentamente al publico: ícono ella con su irreverencia, ícono el diseñador vestido de camisa marinera junto a Martin, su asistente, que después será un ausente para el mundo siendo la cabeza de una de las mas grandes marcas de lujo.

BOOM, la nada. BOOM, la nada. Se ponen, se quitan, se esconden, se perfuman. Un BOOM con Viktor and Rolf y Madonna. La nada y la gitana con sus piernitas delgadas, su fuego interno y Margiela deconstuyendo los cuepos.  Un BOOM y la nada, un BOOM y la nada, un BOOM y la nada: casi infinito.

¿Operarlas? Jamás.
Payasadas volátiles que revelan profundidades.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Cambio, corte y libertad

Tácticas femeninas: el pelo

Gafas oscuras aunque sea una mañana sin nada de sol. Chaqueta de cuero negra, pelo recogido en una moñeta alta, casi de reina latinoamericana. París en octubre con sus puentes y las ganas de tirarse al río, ¿por qué no? Así te llevas la ciudad por dentro. 

Encuentro Le Petit Celestin, un café en el barrio Le Marais, con la tradicional fila de sillas de mimbre sobre la calle, perfecto para un cigarro y mirar a todos los que pasan.  A ellas dos las veo adentro en una mesa para cuatro. Chanel con el pelo ondulado hasta la quijada, Kawakubo con su liso asiático hasta los hombros. La modista francesa con un expreso y una copa de coñac, la japonesa tomando agua con gas con un par de rodajas de limón.

La cita es para tratar de convencerlas de que el pelo largo también es una forma de liberación.
Estoy nerviosa, tengo las notas entre mis manos sudorosas, las saludo, me siento y empiezo con mi primera historia:

Agripina, mi bisabuela, era una de las mujeres más hermosas de todo Santander: alcanzó a tener el cabello hasta los tobillos. Se vestía de blanco, con pollerines de encajes, los cuellos de sus blusas estaban siempre almidonados. En las noches, ya con su camisón de seda, se peinaba más de cien veces y su esposo, el negociante Vargas, llegaba para ayudarla. Ellos dos a la luz de las velas, frente al tocador, hablaban de sus hijos, pasando el cepillo y tensando el pelo de Agripina.

Corte.
Aburrido querida. Las mujeres no queremos depender de esos hombres aunque sean amorosos, eso es historia, dice Chanel.

Nerviosa reviso mis notas.

Ok, vamos a ver. Les contaré entonces sobre Graciela, la madre de mi madre que estudió en un colegio de monjas. Todas las alumnas debían trenzarse el cabello para colgar sus olvidos. Medias, libros, cartas: jovencitas adolescentes cargando sus objetos, aprendiendo sobre el orden y la decencia, educadas para conquistar a un hombre pudiente que las peinara por la noche. Pero Graciela era diferente, quería estudiar Arquitectura y lo primero que hizo luego de su grado fue cortarse la trenza.

Corte.
Querida, acá respondes a nuestra teoría: el corte libera. Dijo Coco.

Perdón mademoiselle Chanel, tiene usted toda la razón. Contesté. Me solté la moñeta que me apretaba y luego busqué entre mis notas.

Mi abuela Enelia, la mamá de mi papá, fue una de las primeras estilistas en Bogotá, capital de Colombia. Conocía la importancia de la belleza y las tácticas de seducción. Ella corrió lejos de su primer esposo en una época impensable. Abrió una peluquería, trabajó hasta sus últimos días y fue la encargada de cortarme el pelo en mi preadolescencia para …

Corte.
Sin drama ni traumas familiares por favor. Susurró Kawakubo desde su silla.

Chanel me miraba fijamente con una sonrisa macabra mientras mantenía el cigarrillo en su mano derecha, Kawakubo observaba a París por la ventana.

Me sentí ahogada, como si cada una de ellas me enmarañara desde su esquina y me jalara un poco para torturarme. No tenía nada, ninguna historia entre todos mis apuntes con la que pudiera enamorarlas. La única salida era probar con la ficción.

Hay una mujer y está en la playa, es de noche, está mirando el mar mientras siente cómo sus hermanas vienen a visitarla, a joderla bastante. Nostalgia aparece primero y la mujer empieza a prenderse fuego. Su pelo es una llama caliente que le da la fuerza para salir corriendo.

No quiero escuchar más, dijo Kawakubo en un tono bajo y se puso su chaqueta de cuero.

Y yo grité:
¡Soy una mujer peluda! En las piernas, en los brazos, hasta en la boca. Y tuve que aprender a depilarme. Laser en casi todo el cuerpo, cera para los brazos, pinzas para la cejas, pero aún no se cómo depilarme la lengua.

Kawakubo volvió a su silla, pero con la chaqueta puesta. Chanel me miraba ansiosa por escuchar.

No podía creerlo, eran mías. Cazadoras de leonas, esperándome. Pero yo estaba con el pelo más que envuelto, me cruzaba las piernas, iba creciendo a cada segundo, me jalaba los brazos, se enrollaba por mi cuello. Casi ni podía respirar y además tenía que elegir muy bien cada palabra, si no las dos mujeres que convirtieron la fealdad en belleza se irían a otro café con otras historias. 

Sí, tengo pelos en la lengua, dije, y me gustaría arrancarlos todos de un jalonazo. Pero sé que el pelo largo no es el problema. Solo basta mirarlas a ustedes que se creen libres, portadoras de una imagen emancipada, para ser un ícono encarcelado.

Kawakubo se paró de vuelta y Chanel gritó con fuerza.

Agarré un mechón y lo pasé por el cuello de Gabrielle. Apreté un poco mientras ella trataba de agarrar mis manos, las perlas rodaron por el piso. Sostuve con fuerza y logré matarla. Vi su cuerpo inmóvil: tan ella, tan ícono. Pelo corto y apariencia de pobre, llena de perlas falsas.

Me acerqué a Kawakubo que estaba tranquila. No fui capaz, la ficción no me dio para tanto, así que salí del café y empece a correr. Recordé mis cortes: pelo largo y crespo, liso con flequillo, corto hasta la quijada, el siete rapado a los costados, y otros tantos intentos. Ellas serán imágenes por siempre, mientras yo sigo buscando. Brunette, mona, castaña o pelirroja: una peluca al fin de cuentas.

Mi pelo no tiene tanto drama,  el problema es que tengo una melena salvaje y me cuesta llevarla.

Y es que es mucho, y a veces no se pidió tanto.

domingo, 30 de octubre de 2016

Una adicta más

Tácticas femeninas: los zapatos

¿Adicta?: No
¿Segura?: Sí.
Ultima palabra: No. 
No sé cómo ocurrió. Nunca imaginé.
Todo pasó ya hace unos años. Era casi como un juego: abrir el armario y ponerme sus zapatos. Eran unas Doctor Martens negras, modelo bajo, talla 42, mi pie quedaba volando, pero coño, sí que deseaba los zapatos de mi hermano.
Así que lloré hasta que llegaron una botas azules imitación Martens. Por Dios, tenía nueve años y no las quería porque sabía que no eran originales. Lo mismo pasaba con los Adidas Campus. Íbamos a San Andresito de la 34, primero era dificilísimo conseguirlos de mi talla y, después, yo solo decía pero seguro que no están chimbos. Qué tal, marquera desde chiquita. Luego llegaron los New Balance grises, modelo 500 algo, les sacaba bien la lengüeta grande y mis hermanos me decían que parecía una ñera, pero no me importaba. Más adelante me enamoré de los Vans: planos, suela blanca, negro tradicional. Los usé tanto que me compré otros, pero nunca fueron como los primeros. Y los Nike también de suela blanca, paraditos en la punta, comodidad plena, hasta corrí con ellos mientras la nieve de Montreal se derretía. Al final, los Adidas Super Star, esos sí que me tocó sufrirlos, se demoraron en llegar. Fue en la finca de un amigo, siempre me habían gustado esos pinches tenis. Julian los tenía, blancos con rayas rojas. Estaban en el pasto casi como esperándome, y cuando me los puse entendí que quería hacerlos míos. 

A Jacquemus tampoco le importa, sabe que los zapatos para las damas no tienen que ser charolados y menos con moñitos. Así que miss Chung, la modelo inglesa de piernas largas, sale de primeras. Corre con sus Convers negros bota alta, los skinny jeans azul petróleo y un saco a rayas. Corre con facilidad por el túnel mientras Jacquemus la anima.

¿Una adicta más?: No
¿Segura?: Sí.
Última palabra: No sé ¿sabe?, siempre pensé que no eran lo mío, pero ahora lo estoy dudando. Es más, si no estoy mal, la primera vez que usé un par de tacones eran bien puntilla y de cuero gris claro. Me los puse con un pantalón bota de elefante. Seguro pagué diez pesos por ese par de zapatos, alrededor de tres dólares. Ibamos donde la viejitas, unas monjas que el primer domingo de cada mes sacaban un montón de ropa de segunda. Eso sí que nunca pensé que lo haría, pero Argentina traía consigo ciertas locuras. Y bueno, compré un montón de cosas como por veinte pesos, y al final terminé tirando todo, pero alcancé a salir una noche con esos zapatos, mi primera vez. Así que no sé ¿sabe?, no sé si soy a dicta a los stilettos. Si me permite decirlo: tengo mis dudas.

McQueen, en cambio, opta por subirlas hasta el cielo. Quiero que teman de la mujer que visto. Pero no era un miedo violento, era un miedo salvaje. Sus féminas no estaban armadas hasta los dientes, la oscuridad las hacía místicas y feroces, vampiros de la noche. Los elementos de la tierra combinados en una sola mujer. Daphne Guinness se prepara, águila al viento. Los años no se notan en sus piernas tonificadas: vestido negro ornamentado en el pecho, armadura que protege, el peinado abultado le da altura y dos franjas blancas en su pelo oscuro junto con los botines negros de más de 30 centímetros. Entra en el túnel, sabe que no puede ir tan rápido, sin embargo la fuerza que la eleva brindará velocidad. Volará y no pisará la tierra sucia.

Eres solo una imagen por momentos.

En el túnel Jacquemus y McQueen encerrados, nuevamente Francia e Inglaterra, pero esta es la nueva ola del siglo XXI. La mujer niña despeinada enfrentada a la femme fatal de pelo lacado.
La que juega con triángulos y cuadrados infantiles, la mujer que busca una silueta sirena. La pequeña con rayas y colores primarios, la fémina que se regocija con su oscuridad.  Es de noche y están dentro del túnel, estoy dentro del túnel, y vas con tus plataformas, diva glamurosa, erguida detrás de Daphne y McQueen: majestuosidad que roza lo sagrado. Vas caminando en esa calle hecha para ti. Pero pasar a Alexa corriendo y quieres alcanzarla. Aceleras, pero no llegas. Puta, ¿por qué no me puse los tenis?

¿Una adicta más?: No
¿Segura?: Sí.
Última palabra: No, no lo puedo negar, los zapatos planos tipo bailarinas me enloquecen, además son tan cómodos, unas zapatillas mediapunta donde el pie se mueve con libertad. Sin olvidarme de la tendinitis de hace dos años cuando la médica me prohibió volver a usarlos. Igual yo continué, un poquito no le hace daño a nadie, además acepto que fui una exagerada, sobredosis de ciudades enteras. Medio Nueva York recorrido en dos días. Los afortunados fueron un par primaverales con punta, cordones y huequitos a los extremos. Pero también están los rojos con taches, los de leopardo o los de gamuza negros con las cintas entrecruzas. Pues sí, no hay nada que hacer: soy adicta.

Ay, la experimentación


Chung y Guinness corriendo en el túnel mientras McQueen y Jacquemus las animan. Tú estarás en el medio tratando de perseguirlas, pero te pasan por el lado, son tan diferentes y a la vez la misma. Cuando decides ser una, sí o sí debes abandonar a la otra.

¿Una adicta más?: No
¿Segura?: No.
Entonces: ¿Para qué necesita una sola respuesta? Solo para satisfacerse con mi necesidad. Para qué pero las botas no están mal, un poco usadas, sí pero aún las tengo en mi armario. Las cantidades de sal que echan en Montreal para evitar fracturas, quemaron las suelas. Igual siguen siendo tan perfectas. Creo que será imposible separarme de ellas. Las deseé tanto, las vi en la vitrina durante semanas, hasta que las conseguí en rebaja. El primer día en la nieve me dio un poco de susto, pero que bah, se ajustaron a mí y fuimos una sola. Pero la lista de botas continúa, varios pares de Doctor´s —vinotintos, azules, negras y blancas— las Hunter negras, las azules con suela de madera, hasta las largas de charol que solo usé dos veces, hay que tener mucho carácter para soportar ser comparada con Xuxa.


No importa qué llevas encima si lo que te sostiene vale la pena, creo.

¿Una adicta más?: Sí
¿Segura?: Sí, completamente. 
Justifíquese: Las plataformas me encantaron desde que era niña. Las veía en las vitrinas y me decía pronto serán tuyas. Pero no fue tan pronto, ¿sabe? Me demoré en usarlas, solo en ocaciones especiales, y eso. Me encantaría salir un domingo al parque con ellas, pero hay algo que me contiene. O las noches de fiesta, lo dudo, y me voy por algo más plano. En la actualidad tengo cuatro pares: las verdes oliva que he usado muy poco, las negras de plástico que hasta me han servido para una que otra fiesta, las tropicales abiertas que me regalo papá en Cartagena, esas las he usado con medias gruesas, arranques de locura. Pero sí, adicta siempre he sido.

Quitarlos, correr descalza, describir otro look de las divas y tú en la nada. El túnel que parece no tener salida. ¿Pero cómo elegir con tantos referentes? Nunca imaginaste cumplir con el cliché femenino de los zapatos que las enloquecen. Nunca imaginaste declararte adicta como las otras, nunca pensaste amar a Alexa Chung y a Daphne Guinness al mismo tiempo. ¿Chung querrá ser Guinness en algún momento? ¿Daphne deseará a Alexa por instates? Todo sería mas fácil si ellas mismas aceptaran su contradicción. Pero son personajes, mientras tú no quieres elegir. Y seguirás corriendo descalza.

¿Sabe qué fue lo peor? los tenis con plataforma. Cuando los vi dije es que no se pude llegar tan bajo, nada mas gala y asqueroso que esos tenis. Meses después, estaba tragándome mis palabras y pasando la tarjeta.

Buscando nuevos paraísos